Cueva de la virgen: “Siento que el aire se acaba, que me ahogo, no alcanzo a respirar…”

Ene 12th, 2010 | By | Category: Soto la Marina

MANOS CRIMINALES CONVIERTEN EN BASURERO UN PASEO TRADICIONAL

Eslabones.- Al pié de la gigantesca piedra, pienso en lo grande que es la fe humana. No tiene límites, vence el cansancio, mueve montañas diría un proverbio.

Cuando hay fe, no hay obstáculo que no pueda vencerse, pienso para mis adentros mientras permanezco allí en la soledad de la llamada “Cueva de la Virgen”, sierra arriba.

Y es que son decenas de kilómetros por malos caminos, entre potreros con ganado, arroyos de aguas cristalinas que a la vista parecen bastante frías.

Para los lugareños de esta parte de Soto la Marina es una tradición rendir homenaje a la guadalupana.

Vienen desde el ejido La Peña, bastante al sur, de la Lobera, La Piedra, Cinco de Mayo y por supuesto de Los Eslabones. También de Lavaderos, La Encarnación y Las Rusias; dicen que hasta del Tres y del Diez de Abril.

Muchos allá duermen, en la sierra, donde instalan campamentos y hacen la fiesta a su estilo.

Generalmente el 12 de diciembre, Día de la Guadalupana, o bien en Semana Santa, cuando tienen tiempo de despegarse de sus hogares, de sus ranchos.

¿Desde cuándo vienen a rendirle homenaje?. Nadie lo sabe, lo que se dice es de “muchos años”, manifiesta el ex presidente municipal de Soto la Marina, José Elías Flores Ramírez.

Hace muchos años, cuando tenía 15, cruzó por primera vez por este cañón donde abundan los ranchos ganaderos. Ya estaba la virgen, ya se le veneraba, dice.

ESTA GRABADA EN PIEDRA

Allí entre los arroyos está la entrada a la cueva. Una persona adulta se tiene que inclinar para desplazarse en el interior, a una aproximación de 60 metros casi lineales.

Adentro, y de tanta fe de los mexicanos, fue instalada una especie de altar con un arco lleno de flores de papel de china. Las veladoras abundan y lo mismo algunas plantas ornamentales que llevan los creyentes.

Por supuesto que son muchas las inscripciones de nombres y lugares, aquellos que quieren dejar un recuerdo escrito tallado en las piedras de la diminuta entrada, ahumada ya por tanta cera que ahí se quema.

No hay día que no llegue alguien al pié del cerro en busca de  la guadalupana, dicen Héctor Morales y Francisco Urdiales, caporales del rancho que está enfrente. La misma cueva pertenece al predio.

Ellos colaboran con los visitantes en lo que pueden, como el agua que abunda en esta región.

Tienen poco de vivir aquí pero ya se acostumbraron a los visitantes. Unos van y otros vienen en este constante peregrinar donde no hay candados, solo puertas y falsetes que cualquiera puede abrir. Es un “camino real que cruza por entre la sierra hasta El Venado, en Villa de Casas, por la sierra de Tamaulipas”.

Sí, porque aquí es la sierra de Tamaulipas y estamos en su pleno corazón.

SE NOS ACABA EL OXIGENO

Comienza la entrada a la cueva, según avanzamos siento que el oxígeno se me acaba, que no alcanzo a respirar bien. El calor aumenta hasta hacerse casi insoportable. La humedad se va incrementando y lo puedo percibir en el reflejo de mi lámpara de criptón especial para entrar a las cuevas.

El sudor ya es total; nos despojamos de las ropas gruesas para soportarlo. Es lo contrario de lo que pudiera suceder en cualquier otra cueva.

A veces caminamos de pié y a veces nos inclinamos para no pegar en las piedras del techo que parecen haber sido labradas para la ocasión.

Bastante humedad. Gotas de agua suenan por todas partes y su eco retumba hasta el fondo. A veces creo que alguien más está con nosotros pero solo es el retumbar de la voz, de la respiración misma.

Abajo el camino es perfecto, bien andado, y aunque húmedo, sin lodo alguno.

Pueden verse derrumbes internos, pesadas piedras que cayeron en quién sabe qué años. A veces pretenden tapar el camino; en otras formaron hoyos en las esquinas.

Y así seguimos en esta ruta hacia el norte, como nos lo habían pedido, para no extraviarnos. Al final está el “altar” que los mismos creyentes se encargaron de construir, con piso de concreto, y en el techo de la cueva la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Parece estar grabada en bajo relieve. Casi la tocamos con la mano. Hay cuatro gotas de agua que simulan una cruz de fondo para la imagen.

EL DESASTRE: ENCIENDEN HOGUERAS EN LA CUEVA

La imagen está llena de humo, negra por tanta cera que se prende en el interior. Y sobre ella las mismas inscripciones de nombres de personas.

Antes no estaba así, manifiesta el médico veterinario Abel Gámez Cantú, ex secretario del ayuntamiento de Soto la Marina y ex candidato a la alcaldía.

Hay basura por donde quiera, paquetes y envases que allí mismo fueron incendiados con el correspondiente riesgo para la vida de los causantes porque se acaba el oxígeno en la caverna.

Pueden verse llantas viejas en los alrededores. Da la impresión de que allí juegan los niños alumbrados por una “línea” de veladoras que colocan desde la entrada, y cuyos vasos destruyen cuando se van, sin responsabilidad alguna.

Uno se pregunta de cómo llegaron esas llantas a tanta distancia de la civilización.

En fin, hace falta la conservación de la cueva, tal vez por parte del ayuntamiento porque este paseo religioso se puede acabar muy pronto, o bien se llegan a registrar accidentes por los incendios que se hacen adentro.

La fuerza de la fe sin embargo es mucha. La gente “ofrece” sus milagros ante la imagen; un gorro de niño, una muñeca, las muletas y los pedazos de pelo, y de yeso que sanaron un hueso roto. Todo por un milagro recibido.

Y por qué no, también un trofeo deportivo del equipo “Piratas”, que ya está roto pero la gente lo ha respetado.

Todo eso está allí en el altar, entre imágenes de la virgen también ya destruidas.

Arriba lo que podría ser el “milagro” de la aparición. La guadalupana grabada en la piedra cuidando las pertenencias dejadas por los creyentes.

Al fondo la cueva sigue muy adentro; hay unos charcones de agua.

SE SURTEN DE AGUA DE UNA CUEVA

“Acá tenemos una cueva más grande”, nos dice Segundo y señala para arriba del monte. Ahí jamás se acaba el agua, ni en los estiajes más duros. De ella toma la gente del rancho a través de una manguera que va a dar hasta el fregadero de las mujeres.

También le surte a su ganado. Fue construida una pileta de buenas dimensiones que está en el corral.

Segundo nos va guiando por ese pedregal con sus perros bravos para conocer la cueva “donde uno sí cabe parado”, según había comentado.

Adentro no hay nada, ni murciélagos ni golondrinas. Es un enorme socavón en el cerro.

A 200 metros aproximadamente tienen las tomas de agua que por gravedad llega hasta las casas del rancho. Es agua delgada, dulce, que viene por entre la sierra.

Nos dice Segundo que prepara su regreso a Monterrey. Allí se quedarán Héctor y Francisco a cuidar los animales.

El regreso es accidentado: 40 kilómetros de monte, zacatales y terracería de mala calidad.

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